HISTORIA DE LA GRAFOLOGÍA:

SUS  CINCO GRANDES MAESTROS

 

            La palabra Grafología  viene de los vocablos griegos Graphos (Escritura) y Logos (Tratado).

Existen numerosas referencias y citas antiguas que indican una inquietud latente por la interpretación de la escritura. Quizá las primera referencia a la importancia de la escritura fue hecha por el filósofo griego Aristóteles (384-322 aC). Otro importante referente histórico se halla en la obra del historiador romano Suetonio (69 –140 aC) que, en su famosa obra “Vida de los Césares”, incluyó análisis grafológicos de los principales gobernantes romanos.  

            Sin embargo, no fue hasta  1622 cuando se consigue poner la primera piedra en el edificio histórico de la Grafología, de la mano del médico y filósofo italiano Camilo Baldi, al publicar en Bolonia el primer tratado impreso en la materia bajo el título “Como conocer por una carta manuscrita el carácter y naturaleza del autor”. En su obra señalaba como cada persona escribía de un modo tan propio y peculiar que no podía ser imitado por ningún otro individuo. 

             Hasta dos siglos después no se logra elaborar un verdadero "método” que permita asentar las bases de una grafología científica. Esta grafología moderna tuvo su origen en el seno de la alta clerecía francesa de mediados del siglo XIX.. El renombrado abate Flandrín y otros ilustres religiosos fundan una escuela grafológica en las afueras de París. Precisamente allí será donde reciba sus primeros conocimientos el Abate Jean Hippolyte Michón que, además de haber acuñado e introducido el término grafología, es considerado el verdadero fundador del método grafológico.

Basándose exclusivamente en observaciones empíricas elaboró un catálogo general de signos y normas, además de proceder al estudio individual de cada una de las letras. Sin embargo prescindió de dar a sus hallazgos una interpretación en términos psicológicos, y cometió el error de dar a cada uno de los signos un valor fijo e invariable. Asimismo presumió que la ausencia de un signo era señal inequívoca de que el sujeto poseía cualidades contrarias a aquellas que se darían de estar presente tal signo.           

            Los resultados obtenidos por Michón son reelaborados y enriquecidos años después por su discípulo  y sucesor Jules Crepieux-Jamin que rechaza el valor fijo de los signos gráficos, decantándose por una valoración global de toda escritura, previa identificación de sus rasgos gráficos “dominantes”. Así cualquier signo de la escritura debe ponerse en relación con el resto de signos, como si de un verdadero rompecabezas se tratase. Correlativamente introduce la noción de unión de “resultantes” como aspecto necesario para poder decantarse por una determinada interpretación grafológica.

 Crepieux está considerado como el más grande grafólogo de todos los tiempos, ya que con el la grafología adquiere verdadero rigor científico, logrando clasificar las características escriturales en siete “géneros”, dentro de los cuales logra identificar ciento setenta y cinco “especies”. Asimismo divide la personalidad en superior e inferior según tres elementos básicos: inteligencia, moralidad y voluntad.             

            Hacia 1890 el caracterólogo y filósofo alemán Ludwig Klages, recoge todos estos estudios teóricos de la escuela francesa, y trata de relacionar la grafología con la fisiología y la psicología. Gracias a ello logra crear un sistema dotado de gran rigor científico basado en una valoración conjunta del “cuadro” de signos gráficos, que posteriormente permita dar una interpretación positiva o negativa de las tensiones e impulsos de esa personalidad. Para ello jugarán un valor fundamental sus dos grandes aportaciones: el nivel formal general (“formniveau”) y el ritmo de la escritura. De este modo se podrá captar, casi de modo intuitivo, la “vida” inherente a ese trazado.           

            El quinto gran maestro del saber grafológico fue y es el médico suizo Max Pulver, considerado como uno de los genios más emblemáticos de la gafología moderna ya que, además de introducir con suma habilidad el psicoanálisis en la escritura, descubrió el gran valor simbólico del espacio en la escritura.

Interesado por la psicología del inconsciente, Max Pulver veía la página en blanco como un espacio representativo del mundo, en el que el sujeto iba conduciéndose “desde el yo al tú” y plasmando su escritura de acuerdo con su propia naturaleza. Así mientras algunas escrituras se lanzaban de manera ansiosa hacia adelante, otras se volvían vacilantes hacia atrás. Del mismo modo observó como los trazos hacia arriba solían corresponder a sujetos más espirituales, mientras que los trazos hacia abajo ponían de manifiesto una naturaleza más terrenal.

También se dio cuenta de que gran parte de nuestros pensamientos y sentimientos están dominados por impulsos de los que nunca llegamos a ser conscientes. Y precisamente este fue uno de sus grandes logros, porque no cabe olvidar que quién escribe dibuja de manera inconsciente su propia naturaleza interior.

 

Yolanda G. Gutiérrez Tavares

Abogado - Analista Grafólogo - Perito Calígrafo Judicial